Nos movemos en nuestro medio ambiente diario sin entender casi nada acerca del mundo. Dedicamos poco tiempo a pensar en el mecanismo que genera la luz solar y que hace posible la vida, en la gravedad que nos ata a la Tierra y que de otra forma nos lanzaría al espacio, o en lo átomos de los que estamos constituídos y de cuya estabilidad dependemos de manera fundamental. Excepto los niños (que no saben lo suficiente como para no preguntar los asuntos importantes), pocos de nosotros dedicamos tiempo a preguntarnos por qué la naturaleza es de la forma que es, de dónde surgió el cosmos, o si siempre estuvo aquí, si el tiempo correrá en sentido contrario algún día y los efectos predecerán a las causas, o si existen límites fundamentales acerca de lo que nosotros, los humanos podemos saber. Hay incluso niños, que quieren saber a qué se parece un agujero negro, o cual es el trozo más pequeño de la materia, o porqué recordamos el pasado y no el futuro, o cómo es que, si hubo caos antes, existe, aparentemente, orden hoy, y en definitiva, porqué hay un universo.
En nuestra sociedad aún sigue siendo normal para los padres y los maestros responder a estas preguntas con un encogimiento de hombros, o con una referencia a creencias religiosas vagamente recordadas. Algunos se sienten incluso incómodos con preguntas de este tipo, porque nos muestran vívidamente las limitaciones del entendimiento humano.
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